viernes, 18 de noviembre de 2011

Estimado Sr. Lopez,
No nos conocemos, me llamo Paloma Cuervo, y para que me sitúe, soy la mujer del Señor que despidió ayer de su empresa cuando acudía a firmar el contrato de trabajo que habían previamente pactado la semana anterior.
Le escribo esta carta para decirle que ayer cometió un grave error, y a pesar de que ya no tiene remedio, o precisamente por eso, me gustaría explicarle algunas cosas para que al menos conozca la situación tal y como es.
Mi marido es una persona decente y muy competente, que el único delito que cometió hace 8 años, fue participar en un proceso de selección para trabajar en una empresa de comunicación y pasar la prueba. Tenía un puesto de cierta responsabilidad, aunque durante todos los años que estuvo allí se quejaba siempre al volver a casa de que no entendía por qué no le contaban nada los jefes, creía que no confiaban en él y sentía que había tocado techo allí.
Era una empresa seria, aunque la gente no lo crea, y en la que se trabajaba muy bien. Me refiero exclusivamente a los trabajadores que estaban en plantilla, entre los que había un montón de productores, diseñadores gráficos, etc. que organizaban los eventos de manera ejemplar.
Ese empleo le permitió a mi marido hacer las típicas cosas que hace la gente cuando cumple la treintena y empieza a consolidar su carrera profesional: tener hijos, comprarse un coche, un piso, salir de vez en cuando a cenar con los amigos…
El problema es que los dueños de la empresa parece ser que eran unos chorizos, y que resulta que parece que estaban untando a personajes políticos, lo cual, si es cierto, es asquerosamente deplorable. Y se inició un procedimiento judicial contra ellos.
Al señor juez, vaya usted a saber por qué, mi marido le debió resultar sospechoso, como también resultaron sospechosos el chófer del supuesto mafioso, la administrativa que trabajaba en la empresa, una de las productoras, dos de los diseñadores gráficos y otros cuantos que pasaban por allí, así que decidió imputarles en el proceso judicial abierto, para concederles así su derecho a defenderse (o eso es lo que ponía en el auto) y ya de paso quitarles para siempre su dignidad, su empleo y su posibilidad de encontrar otro.
Mi marido por aquel entonces, cuando se iniciaba el procedimiento judicial, era funcionario eventual en un Ayuntamiento de un pueblo andaluz. Ocupaba un puesto de confianza de asesor de un Concejal. Era la única oportunidad que le había brindado el partido político en el que militaba, a pesar de llevar más de 15 años dedicándose en cuerpo y alma a la política, que era su vocación, y tras haber ocupado puestos de relevancia en la estructura interna del partido en su versión “infantil” durante un montón de años. 
Como el  procedimiento saltó a la prensa y comenzaba a salpicar a los políticos, al señor Alcalde no le gustó tener a un imputado en sus filas, aunque fuera de lejos y no tuviese nada que ver con los personajillos del PP que cobraban comisiones ilegales, así que decidió convocar una rueda de prensa para decir que le cesaba de su cargo.
Hizo un incalculable daño a nuestra familia en aquel momento ver aquel espectáculo en todos los periódicos, aquella lapidación en la plaza pública de un pobre señor que pasaba por allí, pero lo peor de todo es que las nuevas tecnologías no ayudan nada en este sentido y dejan la huella imborrable en el caché de internet para que nunca jamás, ni siquiera nuestros nietos, se puedan olvidar de aquello.
Y aquí nos encontramos ahora, casi 3 años después, siendo “presuntos culpables”.
La justicia imputa a las personas en procedimientos judiciales y, teóricamente, hasta que no se celebra el juicio, una persona no es culpable de nada. Y digo teóricamente, porque, sin embargo, la sociedad, desde el momento en que imputan a alguien, le convierte en “presunto culpable” hasta que no se demuestre lo contrario, eliminándole toda oportunidad de demostrar su valía y su competencia para dejar en manos de los jueces la decisión sobre su culpabilidad o inocencia. Si los “presuntos culpables” están excluidos de la sociedad sin posibilidad alguna de reinserción, que no nos vendan esa palabra para los pobres procesados, porque eso ya no me lo puedo ni imaginar.
A todo esto hay que añadir que en la mayoría de los casos los juicios tardan en celebrarse diez años o mas, con lo que la vida de uno se paraliza durante todo ese tiempo, en nuestro caso encima en la etapa de plenitud laboral. 
Lo curioso es que a los asesinos y a los violadores, hasta que se celebra el juicio, en los periódicos se les pone sus iniciales y no su nombre completo, mientras sean “presuntos”, con lo que sus vidas pueden seguir su cauce hasta que se celebre el juicio.
A cambio, a la gente corriente que supuestamente podría haber cometido un delito fiscal por demostrar, y siempre que haya un partido político implicado en el asunto, la pasean impunemente por las portadas de todos los diarios con la foto del Facebook robada y con todos los apellidos, con el daño que hace eso de por vida. Cierto es, que el primero que filtró a los medios el listado completo de imputados, la mayoría de ellos anónimos, y les privó de su vida y su autoestima para siempre, fue el propio juez.
Hoy tenemos 3 hijos pequeños y una hipoteca de las gordas, porque antes del día “D” las cosas iban bien y el precio de la vivienda estaba en su máximo histórico. También estamos sin clientes en la empresa que mi marido se montó para sobrevivir, porque estamos en plena crisis, y sin posibilidad de encontrar un empleo porque nuestro, casi siempre amigo, Internet, no perdona, ni tampoco coloca las noticias por orden de si son verdad o no, o de si son “presuntas noticias” o si ya están confirmadas.
A mi marido nadie le va a devolver nunca lo que hasta ahora le han robado ni lo que le queda por pasar. Ha perdido su dignidad, su honra y toda posibilidad de encontrar un empleo, porque si esta vez que todo estaba a favor, la imputación ha pesado tanto como para negociar su despido antes de firmar el contrato, no imagino la de procesos de selección de los que le han descartado en primera ronda.
Es una pena lo que se pierde Usted para su empresa, porque no va a encontrar empleado más noble, más honrado y mas leal, competente y competitivo, buen compañero y sobre todo con unas excelentes ideas y muchísima habilidad e inteligencia.
Es una pena que ese día, esa especie de juez publicase aquella lista de personas, muchas de ellas anónimas hasta ese momento, en todos los medios de comunicación, sin pararse a pensar que no era necesario hacerlo. Y es una pena que la prensa haya entrado en ese juego meramente político como un toro que entra al capote, dejando en su camino tantos heridos que como nosotros se están quedando sin resuello.
Siento mucho escribir esta carta, Sr. López, porque Usted no tiene culpa de nada de todo esto, de hecho mi marido me ha hablado estupendamente de Usted y dice que le entiende. Pero si hubiese hecho las cosas como se deben hacer, al menos no habría entrado el cuchillo por la misma herida que no consigue cerrar, provocando nuevamente una hemorragia que cada vez es menos profusa, porque cada vez queda menos sangre y menos vida. Si hubiese hecho las cosas como se deben hacer, no habría provocado tanto dolor a toda nuestra familia y amigos, que se han quedado desolados ante la falta de humanidad.
Espero que en el futuro se vuelvan a encontrar, y que para entonces las cosas sean diferentes y puedan incluso hacer negocios juntos, porque yo no he perdido aún la fe y se que él vale muchísimo y llegará lejos. Eso sí, cuando se lo permitan, claro.
Y espero que en su empresa no vuelvan a cometer el  mismo fallo y que busquen el historial de los futuros empleados antes de decirles que comienzan el día 1 y de que lleguen con su americana y su portafolios a comenzar la que iba a ser su primera jornada de trabajo.
A mí solo me quedaba el derecho al pataleo, así que lo he ejercido. Por supuesto mi marido no está al corriente de esta carta, de hecho si se entera me regañaría muchísimo.
He cogido su dirección de correo electrónico de internet, ese pozo de sabiduría que no entiende de justicia o injusticia y que no da derecho a la intimidad a nadie, y me he permitido el lujo de expresarle mis sentimientos.
Muchas gracias por haber leído hasta aquí y perdone si le he ofendido en algún momento, porque en absoluto era mi intención hacerlo.
Deseo de todo corazón que le vaya bien en la vida y que nunca se equivoque nadie con usted.
Un saludo, 

viernes, 17 de diciembre de 2010

Querido Papá

Madrid, 17 de noviembre de 2010



Querido papá,

Te escribo esta carta en este día tan especial para contarte lo muchísimo que te echo de menos, y lo que me gustaría poder tirarte de las orejas esta mañana y darte un gran abrazo, y machacarte a besos... En fin, todas ellas cosas imposibles, por lo que me he decidido a dedicarte un rato de mi tiempo recordándote mediante estas líneas.

Jamás pude imaginar cuantísimo te iba a echar de menos, y me sorprende ver que cada día que pasa, en vez de ir alejándome de tu recuerdo, te tengo cada día más presente y tengo aún más necesidad de ti.
Todos los días, pequeñas cosas me hacen recordarte. Esas pequeñas cosas se están convirtiendo en grandes para mí, porque gracias a ellas te siento más cerca.

Por las mañanas camino desde la salida de recoletos a la puerta de Alcalá y recuerdo esas tardes que me llevabais a patinar a recoletos mientras mamá y tú dabais vuestro paseíto de rigor con Currita incluida.

Cada vez que escucho la radio por la mañana te estoy imaginando metido en tu camita después de desayunar, tumbado de lado y bien tapado, escuchando a Luis del Olmo. Cuando vuelvo en coche y escucho las noticias del mediodía de onda cero, ya sólo con la sintonía estoy recordándote sentado en el sofá, vestido todo guapo, apagando el libro hablado y encendiendo la radio en el momento exacto de las señales horarias para escuchar los titulares mientras yo estaba poniendo la mesa.
Si paso por Vips o Hollywood, me acuerdo de cuando mamá y tú me llevabais a merendar y a cenar, e incluso cuando me llevabais al Mc Donalds de Fuencarral a pesar de no gustarte demasiado ese tipo de comida.
Cada domingo que vamos a comer a vuestra casa, estás ahí, pero no te vemos. Y muchas veces me pregunto qué estaría sucediendo en ese momento si tú pudieras intervenir en esas conversaciones en la sobremesa.
Yo misma me recuerdo mucho a ti, y hay veces que me miro en el espejo y veo tu silueta reflejada sobre la mía. También tengo muchas posturas que he heredado de ti, y que me salen de manera espontánea y de repente pienso "esta postura es de papá". Desde luego es increíble lo que hace la genética...
Pero además de la parte meramente física, mi forma de ser se parece también mucho a la tuya, a veces creo que soy un calco tuyo, porque somos personas de principios, un poquito intransigentes (o un muchito, no se...:-)) y con un sentido común casi enfermizo. Y me enorgullece parecerme a ti, a pesar de no ser todo ello cualidades, y a ratos pienso que estoy llamada a perpetuarte en el tiempo, a tratar de mantener la familia unida y a que se rija por los mismos principios con los que tú y mamá la fundasteis.
Algunos días vamos al pardo a comer, con familia o amigos, y en cuanto llego a la rotonda de la desviación a Mingorrubio ya empiezo a recordar momentos que he pasado contigo allí, y me recreo imaginándote allí, sentado en la terraza de la Flora Barragan tomando ese solecito tan agradable cayendo en las tardes de otoño.
Miles de recuerdos más inundan mi cabeza. Sólo hay que hacer un pequeño esfuerzo mental para que emerjan: de Asturias, el Gin tonic, tus disquisiciones con Manolo, tú cenando en la cocina con los machaquillas tomando sus cervezas en el porche, el "paseíto de la M-30" hacia el castillo, la puesta de sol en Las Palmeras cuando yo era pequeñita, las vueltas de la playa muertos de hambre adelantando camiones y comiendo avellanas, tu salida de la ducha oliendo a Alvarez Gómez,...
Por supuesto la comida ha sido siempre muy importante para ti, y forma un capítulo enorme dentro de esos recuerdos: el arroz con bonito, las patatas en ensalada, el pollo a la buena mujer, el horrible "filetajo" y esas patatas guisadas que "van a estar buenísimas pasado mañana"...
Expresiones como la de antes, me hacen pasar al siguiente capítulo, el de tus frases célebres en el que además de las anteriores están por ejemplo, "esto no es de recibo", "el que se mueve no sale en la foto", "mi hermana está como una maraca", "tu madre es como una mosca"... Aquí seguro que mamá, mis hermanos y los tuyos me podrían ayudar a completar y nos reiríamos un rato.  
También recuerdo con enorme cariño cuando tenía que estudiar historia, que no me gustaba nada, y tú me decías que te leyera el libro y luego me lo contabas como si fuera un cuento.
Echo de menos tus sabios consejos, tu cariño sin límites, tu enorme sentido del humor, tus charlas, tus orejas, siempre escuchando y archivando información, y por qué no, tus cabreos y tu mala leche que de vez en cuando aparecían y nos dejaban bloqueados.
Me da tanta envidia de mis hermanos y de tanta gente que ha podido disfrutar más que yo de tener un padre... porque yo sólo tuve el placer de estar contigo 27 años de mi vida, y me habría encantado que estuvieses conmigo unos cuantos más, pero sobre todo, me da mucha pena que te marchases sin esperarte a verme ya situada en Madrid, trabajando bien cerquita de vuestra casa, y poderte haber cuidado un poquito más. Sólo pasaron 5 meses desde que te fuiste hasta que conseguí mi traslado y eso me pesa muchísimo.
Desearía que hubieses conocido a los tres nietos que te han faltado por conocer, que además, para tu satisfacción, Jaime es clavado a ti, todo el mundo lo dice. Y te imagino viendo crecer con orgullo a todos tus demás nietos. Las chicas están hechas todas ellas unas "mises", guapísimas y son muy buenas niñas, y Clau, que era una de las que, junto con Sofía, "no te daba el beso", ahora tendría contigo larguísimas conversaciones, porque es una gran comunicadora y muy madura, y te habría gustado mucho pasar ratos con ella. Nachete está hecho un hombrecito, y mis  tres, qué te voy a decir yo de ellos...pues de Jaime ya te he dicho el enorme parecido que tiene contigo, y Lucía y Carmen son también fantásticas y estoy segura de que habrían formado parte de tu "club del beso", porque ¡se lo dan hasta a Manolo!
Mamá está fantástica. Te echa de menos y te sigue queriendo cada día, pero ya sabes que ella es "doña positiva" y puede con todo. Ella sabe encontrar siempre la manera de disfrutar de las cosas, y hay ratos que me quejo de que me hace poco caso, pero lo cierto es que SIEMPRE que hace falta está ahí, a nuestro lado.
En estos años han pasado muchas cosas, algunas de ellas te habrían hecho pasar muy malos ratos, pero pasados esos malos tragos, todo va rodado. Dejando a parte que no podamos estar contigo, somos una familia muy afortunada. Primero porque tenemos salud, que es imprescindible para ser feliz, y luego porque seguimos todos queriéndonos muchísimo. Mamá sigue haciendo "su puchero" dominical y todos sus pollitos nos acercamos a comer, como familia unida que se precie.
Yo creo que hoy por hoy, estarías orgulloso de todos nosotros, individualmente y como familia, porque seguimos manteniendo en nuestro corazón ese espíritu que nos habéis grabado a fuego y que nos hace ser diferentes a muchas otras familias, por el que nunca nos enfadamos entre nosotros, respetamos nuestras diferencias, siempre estamos pendientes los unos de los otros y lo pasamos muy bien todos juntos. Nuestro reto ahora como padres que somos está en trasladar estos principios a nuestros hijos, y tratar así de conseguir construir lo mismo que mamá y tú habéis construido: una familia que se quiere y está unida frente a todo.
Podría tirarme escribiendo rato y rato, me queda muchísimo que decir, pero por hoy creo que ya es suficiente, así que me voy a despedir de ti, prometiendo volver a escribir poquito a poco nuevos capítulos de tu vida y recordando, que es un ejercicio precioso que no siempre tenemos tiempo de hacer.
Un beso enorme.
Te adora tu niña,
Icíar

Mi vida sin bolso

No se exactamente de dónde procede la costumbre de que las mujeres lleven bolso. A lo mejor está escrito en nuestro código genético, o más probablemente procede del “manual de usos y costumbres” de nuestros antepasados, pero lo cierto es que desde bien pequeñitas, los juegos de las niñas han ido siempre vinculados a un carrito, un bebé, un bolsito colgado del brazo y nuestros pequeños pies dentro de los tacones de mamá tropezando por todas partes y metiendo un ruido infernal.
Luego nos fuimos haciendo mayores y ya en la adolescencia empezamos a llevar el bolso para meter el maquillaje para pintarnos en los escaparates de las tiendas cuando no queríamos que nuestros padres supieran que nos pintábamos, las llaves de casa, un monederito con el dinero justo para salir, el bono bus y el DNI falsificado para poder entrar en las discotecas.
Lo malo es que el bolso va creciendo a medida que vamos cumpliendo años, y cada vez llevamos más cosas y una cartera más grande para meter todas las tarjetas de crédito, las tarjetas sanitarias de los niños, los tíquets de compra de las tiendas, las fotos de carnet del primer día de cole… A esto no contribuye nada hoy en día las tiendas, que se han puesto de acuerdo para crear tarjetas de fidelización mediante las cuales una vez al año te ahorras 1,5 euros y que hacen engordar la cartera hasta que parece la barriga de Obélix.
Esta situación se agrava en “el bolso de los sábados”, ¡Eso ya más que un bolso parece una chistera! Además de los útiles habituales aprovechas para incluir en el bolso todos los “por sis”: una botella de agua “por si” el niño tiene sed, una libreta y unos lápices “por si” dan la coña en el restaurante, un pañal “por si” el niño se hace caquita, unas galletas “por si” nos da la hora de la merienda. A esto hay que unirle que nuestros maridos nos dicen eso de “anda mete esto en tu bolso que a mí ya no me cabe en los bolsillos”, y el bolso cada vez más lleno, y la espalda cada vez más torcida….
Después llegas el lunes a la oficina y cuando abres el bolso empiezas a sacar un gormiti, un playmobil, un chupete lleno de pelusas, un kleenex lleno de mocos infantiles, un plastidecor que me había pintado todo el forro, dos piezas de lego, un chupachús y no se cuantas chorradas más. Eso sí, ni un duro en la cartera para pagar el café…
Luego están los bolsos de las abuelas. Siempre me han hecho gracia las típicas señoras esas que cuando ven un niño llorar, por ejemplo en la consulta del médico, les sale la frase de “a ver, espera, a ver qué tengo por el bolso” y de repente sacan de ahí un sugus más duro que una piedra y se lo dan al niño mientras le hacen carantoñas.
Pues bien, esta semana he decidido revelarme ante la situación y convertirme en “un poco hombre” y aparcar el bolso en casa. Desde el lunes llevo lo mínimo en los bolsillos: Unos billetitos (pequeños, eh?) y monedas en el bolsillo del pantalón y el móvil y el abono transportes con una tarjeta de crédito y el DNI en la cazadora.
He de deciros que estoy encantada, y que ya está bien de heredar viejas costumbres machistas y que las mujeres llevemos la casa a cuestas perjudicando nuestra salud mientras que ellos van por la calle paseando tan cómodos.
De repente escucho el móvil cuando me llaman, puedo correr a coger el bus sin tener que agarrar el bolso con las dos manos, puedo dar la mano a mis dos hijos a la vez sin que el bolso acabe a la altura del codo bailando entre el niño y yo, puedo irme un día de compras sin llegar a casa con dolor de espalda y sin miedo de que me roben, porque no hay de dónde robar.
Lo mejor es que no he echado de menos ninguna de las múltiples cosas que han viajado conmigo día tras día todos estos años de casa al trabajo y del trabajo a casa.
En fin, que os recomiendo a todas las que leáis esto que probéis una semanita con este sistema, vuestras espaldas lo agradecerán